Escribir salva vidas (primera parte)

Escribir salva vidas (primera parte)

Escribir pese a todo, a pesar de la desesperación. No: con la desesperación

Marguerite Duras

Juan lee lentamente, le cuesta pronunciar algunas palabras que él mismo ha escrito. Palabras como «mi hijo», «hígado», «decepción», «bebida», «no puedo», llenan sus textos de minas a punto de explotar. De vez en cuando se detiene y coge aire. Nos dice que tiene ganas de llorar, pero ya se sabe, la medicación no deja. Continua leyendo.

A la izquierda y derecha de Juan, hombres y mujeres de todas las edades asienten en silencio respetuoso. Saben cómo cuesta escribir sobre ser adicto, sobre todo y todos los que se han perdido por el camino. Ninguno de ellos había escrito antes, lo han empezado a hacer dentro del programa del reinserción y el esfuerzo es titánico. Admiran a Juan, él sí que había escrito, hace años. Cuentos, muchos cuentos, e incluso un par de novelas. Tenía talento, un talento que el alcohol y un mal divorcio se llevó por delante. Otra pérdida. Durante ocho años no escribió ni una sola palabra. No tenía ideas, no tenía ganas, no tenía razones para hacerlo, la mano le temblaba demasiado. Las palabras le abandonaron, haciendo crecer aún más el vacío que iba llenando con alcohol. Él fue el primero en apuntarse al taller de escritura, pero fue el último en empezar a escribir. Los otros aceptaron el juego, satisfechos de escribir dos frases, un par de párrafos, sin técnica ni elegancia, sólo porque estaban haciendo algo que nunca habían creído que podrían hacer. Pero Juan no podía contentarse con tres frases desmañadas. Quería escribir un cuento, recuperar su proyecto de novela histórica. Y no podía, sencillamente no podía, cada fracaso lo acercaba peligrosamente a una recaída.

Un dia una propuesta de un ejercicio desencalló algo en Juan. No era una propuesta más arriesgada ni más divertida que las anteriores. Era sencillamente AQUELLA propuesta que por mil razones misteriosas tocaba alguna cosa en el fondo de Juan. Aportó su primer texto: media página. Había abandonado cuentos y novelas históricas y hablaba de él. No, de él no, de su hijo. La lectura fue agónica, pero el aplauso posterior arrancó una sonrisa tímida al lector.

Semana tras semana, los textos de Juan empezaron a fluir. Páginas y más páginas, tal vez no tan perfectos como él estaba acostumbrado, tal vez emocionalmente rotas, pero salían sinceras y rápidas, cada vez más profundas, cada vez más libres. Juan acercó la escritura a sí mismo, le gustaron esas palabras sucias y doloridas que expresaban exactamente el vacío que hasta entonces no había tenido nombre. A su alrededor, los compañeros de taller se sintieron escritos en los textos de Juan, él sabía ponerle nombre a esa sensación de haber tocado fondo cuando se despertó vomitado en medio de una plaza una mañana de martes sin saber cómo había llegado hasta allí y sin que li importara. La anécdota resonaba en un compañero, la contradecía una compañera, las palabras escritas de Juan se convertían en debate, consejos, un espacio de problemática común y vivencia única, donde unos aprendían de los otros.

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