"YO FUI SIMONE DE BEAUVOIR", UN RELATO DE IMMA RIU (ALUMNA DE CUENTO)

23 DE FEBRERO DE 2021 | 56

En otra vida fui Simone de Beauvoir.

Si os tengo que ser sincero, os confesaré que hasta hace cuatro días como quien dice yo no había oído hablar de esta mujer. Yo, aparte de la Quimeta, no es que tenga demasiada relación con las mujeres. Y mucho menos con las francesas. Ahora os puedo pronunciar su nombre como lo haría el mismo hijo de Napoleón. Y digo Napoleón para que se los pocos franchutes que conozco. Aparte de la Simone, claro. Puedo pronunciar su apellido con aquella vvvv de grifo abierto que pierde, como lo pronunciaban las turistas que venían a la costa cuando era joven. Pero es mejor que no os hable porque me joderá escándalo. Ya me la conozco. ¡Uy! ¡Cómo se pone cuando hablamos de mujeres! Digo hablamos pero esto es un decir. Ella de hecho, lo que es hablar, no me habla. Yo no siento voces. No es que me falten cinco minutos, no. Es como una sensación de llevarla dentro. Lo supe el día que con el grupo de cacería fuimos a hacer una batida por los alrededores de Maià de Montcal. Estábamos metiéndonos un desayuno de alubias con morcilla y pies de cerdo y mis amigos hablaban de lo inútil que es la mujer cuando tiene que hacer algo importante. De repente, sentí una especie de pensamiento muy fuerte, casi como si fuera una voz dentro de mí que refunfuñó:

"¡Sí claro! Nos cortáis las alas y nos culpáis de no saber volar."

Me quedé mudo.

Vi que los demás no se inmutaban y seguían riendo a carcajadas de la parienta. Y yo con aquella especie de voz interior que no sabía muy bien cómo interpretar pero que me parecía que cada vez se enfadaba más. Tuve un reflejo, aunque no sé por qué pero me levanté de un salto y me puse a lavar los platos de la cabaña de caza. Incluso limpié el fregadero. Mis compañeros me miraban con los ojos muy abiertos. "¿Qué coño haces, Xicu? ¿Que te nos has vuelto mariquita?" Y cuanto más me decían más se enfadaba la voz y yo, por aquel reflejo de mujer que no sé si debería decirlo así, porque ahora ya tengo la sensación de que tampoco lo aprobaría, venga a limpiar. Pensé que limpiando la tendría contenta y se callaría. Con los años he aprendido que no, que se ve que esto de las mujeres ahora es diferente. Por lo menos de las francesas. Dejé una baldosa más limpia y lisa que el culo de un bebé. ¡Si la Quimeta me hubiera visto! ¡Yo que nunca he fregado un vaso en casa!

El caso es que, desde ese día, nunca más estuve solo. Tenía claro que no se lo podría explicar a aquel grupo de vagos. También sabía que no me estaba volviendo loco, yo pensaba bien, hablaba, iba al taller cada día a trabajar y seguía coleccionando puros que guardaba en mi caja de madera. Yo, lo que es yo, seguía siendo yo. Pero acompañado. Unos meses más tarde, en un ataque de valentía fui al médico y me dijo que se ve que hay gente que tiene pensamientos muy fuertes, incluso los hay que oyen voces. Y que no están locos. Suspiré tranquilo y me volví a casa. Yo... y la Simone que me seguía a todas partes como un perro adiestrado, no de los de caza, no, que estos hacen lo que quieren, de aquellos más de andar por casa que tienen los ricos para arrullar algo peludo de vez en cuando.

El caso es que me fui acostumbrando. Ella me hablaba con aquel francés del otro lado de los Pirineos y yo, que he ido poco a estudio, no sé cómo, la entendía perfectamente en catalán. Cosas del más allá se ve. Un día, escuché un programa en la radio en el que hablaban de las vidas pasadas y formulé mi hipótesis que, como nadie me llevó la contraria, confirmé bien convencido: en otra vida, yo fui Simone de Beauvoir. No, no tenía la más remota idea de la existencia de esta señora antes de la batida de Maià. Estaba claro que se trataba de una francesa, pero no de esas de la costa, no, una en serio, de las que hablan de cosas importantes que no se entienden, porque yo no entendía nada de nada. ¡Qué nivel la tía! Ella misma en una ocasión me explicó quién era. Un día, cansado, le pregunté qué cojones era eso del feminismo del que tanto me hablaba.

-Es una forma de vivir individualmente y luchar colectivamente.

-¡Ah! -Dije

Ella no respondió.

Coño, ya me la había vuelto a meter.

Nos fuimos haciendo, como quien dice. Tanto, que un día, cansado de que la parienta me montase escándalos por mis traios a la hora de follar decidí pedirle consejo. Es una mujer, pensé, aunque sea francesa, todas las mujeres deben querer lo mismo.

-El secreto de la felicidad en el amor -dijo- consiste menos en ser ciego que cerrar los ojos cuando hace falta.

Solo entendí "cerrar los ojos". Pero ya tuve suficiente. El próximo sábado por la noche, que es cuando toca hacer sonar la flauta, pensé: hoy quedarás bien. Os ahorraré los detalles porque no sé si hay criaturas que nos escuchen. El caso es que nada de nada.

-¡Ni siquiera tienes la decencia de mirarme a la cara, ahora! -Me espetó la Quimeta.

O la Simone me tomó el pelo o yo no entendí bien lo que me quería decir. ¡Con ese hablar de francesa sesuda!

Otro día, ceñudo como soy, le pedí: ¿por qué sois tan complicadas las mujeres?

-No se nace mujer -dijo- se llega a serlo. Después habló de un destino biológico, un producto intermedio de no sé qué, del macho y el castrado y no sé qué más de femenino.

Aquí me perdí, debo confesarlo. No até bien nada de nada. Solo me quedé con lo del castrado incrustado en el cerebro, de manera que mi entrepierna sufrió un repliegue repentino. Ahora tiene la talla, pensé. Estuve acojonado mucho tiempo, hasta que finalmente entendí que no iba por mí y me relajé un poco.

Con el tiempo nos hemos ido entendiendo, si es que se puede decir entender. Ella dentro de mí charlando y yo a veces hago ver que la escucho. Ahora, cuando hago algo que se ve que no acaba de gustar a las mujeres, solo me tiene que decir: "¡Xicu!" Y yo ya veo que no voy por buen camino. No sé si se irá dentro de mí, pero ahora ya no importa. Yo voy yendo a cazar los sábados, ya no limpio tanto la cabaña y, en ocasiones, cuando están muy inspirados, me tapo un poco los oídos para no escucharlos o tal vez ha visto que no hay nada que hacer con estos atolondrados. Los domingos vamos a pasear con la Quimeta que se despierta bien contenta. Y es que gracias a la perseverancia de la Simone, el sábado por la noche en casa montamos la fiesta mayor. ¡Me dice unas cosas! Alguna vez, incluso, he llegado a pensar que la Quimeta fue Rita Hayworth en una vida anterior.