El haiku y la destrucción creadora

15 DE JUNIO DE 2020 | 53

Un buen haiku nos cautiva porque es intenso, sensorial y aparentemente sencillo, también nos parece auténtico, real. Asimismo, demasiado a menudo la mirada occidental lo ha reducido a un mero molde estrófico o a una simple fórmula poética más o menos parodiable. Pero un haiku es mucho más que una estrofa de diecisiete sílabas distribuidas en tres versos o que un poema breve sobre la naturaleza. De hecho, no todo lo que se escribe con la estructura habitual del haiku es necesariamente un haiku. En la misma tradición japonesa, el senryū y el zappai tienen un esquema estrófico idéntico al haiku, pero son géneros diferentes. También hay haikus de menos sílabas, o de más (no muchos más). Hay haikus en verso libre o que ni tan solo tienen tres versos.

Es lícito preguntarse qué y qué no hay de haiku en las adaptaciones occidentales del género, que van desde la apropiación vanguardista que hicieron en inglés Ezra Pound, y nuestros Josep Maria Junoy y Joan Salvat-Papasseït, hasta interminables ejemplos que pasan por Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Rosa Leveroni, Miquel Martí i Pol o Joana Raspall, solo por citar a algunos. Leemos haikus grafitados  en los muros urbanos y haikus que circulan por las redes sociales. No todo lo que se vende como haiku se merece ser considerado un «haiku»: la etiqueta resulta abusiva y se pervierte el sentido original. En contraste, a veces un poema que no se vende como un «haiku» puede tener mucho de haiku.

Un buen ejemplo de haiku no-haiku es el conocido poema de Ezra Pound «En una parada de metro» («In a Station of the Metro»):

La aparición de estos rostros en la multitud;

pétalos en una rama húmeda, negra.

(«The apparition of these faces in the crowd;

Petals on a wet, black bough.»)

Este poema a veces se ha considerado el primer haiku escrito en inglés (1913). No tiene la estructura estrófica del haiku y, aunque vemos un árbol probablemente en primavera, se sitúa en una parada de metro y no en medio de la naturaleza. Como muchos haikus, está escrito sin verbos, de manera impersonal. Como todos los buenos haikus, capta un instante que nos sorprende, un momento efímero que, además, nos resulta «real»: todos hemos cogido alguna vez el metro, todos nos hemos visto inmersos en una multitud anónima y, quizá alguna vez, nos hemos topado con «unas caras» que nos han llamado la atención. Ezra Pound fue el pionero en su interés por la poesía oriental, que estudió y versionó. Con este poema, promovió su propio movimiento vanguardista: el Imaginismo; lo vendió como "poema imaginista". ¿Es un haiku o un género innovador? Otro poeta norteamericano, John Ashbery, publicó en 1984 «37 haikus», un texto que se puede leer como un poema de 37 versos o 37 haikus de un solo verso en el que hablan diferentes voces. Ashbery se interesa por el carácter efímero que el haiku nos muestra, por la apariencia fragmentaria de la experiencia, pero su visión del género no es ortodoxa. Quizá lo más interesante que podemos hacer como occidentales con el haiku se esto: destruirlo para crear algo nuevo. No es necesario que lo llamemos haiku, pero en el mejor de los casos quizá tenga un regusto a haiku.

 

Melcion Mateu.